25 de diciembre de 2014

El incidente del elfo

Continuación del cuento Noche de renos.

Había llegado la hora de que Papá Noel saliera a repartir los regalos, por lo que todos los elfos en su taller se dirigieron a la pista de despegue, la mayoría disimulando expresiones de cansancio, aburrimiento o hastío. El frío del Polo Norte se colaba por debajo de la puerta, haciendo que las pequeñas criaturas se calaran los sombreros casi hasta la nariz.

—Bien, una vez más he de salir a repartir alegría, regalos y espíritu navideño —dijo Papá Noel, cargando su bolsa en el trineo—. ¡Será otra noche llena de magia, jo, jo, jo! —Su risa no sonó para nada convincente, y ninguno de los elfos sonrió al escucharla—. Oh, de acuerdo, volveré mañana, chicos. Limpiad todo mientras no estoy. Pero sí agradecería que me desearais suerte. Ya sabéis, por...

—¿El incidente del año pasado con la bruja? —dijo un elfo.

—¿Los bombardeos del ejército? —añadió otro.

—¿La demanda por daños y perjuicios que nos cayó a principio de año? —apuntó un tercero.

—¿La fisioterapia del brazo reinjertad...?

—¡Ya, ya, suficiente! —interrumpió Papá Noel, frunciendo el entrecejo.

—¡Está bien, jefe, suerte con el reparto! —dijeron los elfos al unísono, ahora sí con expresiones más o menos divertidas. Papá Noel subió al trineo, y ya se disponía a tomar las riendas cuando otro de sus subalternos se le aproximó con cierta cautela.

—¿Qué ocurre, Blat? —le preguntó el hombre.

—Bien... eh... ¿Recuerda ese asunto del que le hablé más temprano, señor? Creo... que el problema se ha agravado. Digo yo, tal vez debería buscar a algún experto en el tema mientras esté allá afuera. No nos vendría mal un poco de asesoramiento profesional...

—No me vengas con tus paranoias, Blat.

—Señor, le aseguro que estoy siendo bastante objetiv...

—Entiendo que todos estéis cansados a estas alturas del año. Para eso tenéis vuestras vacaciones.

—Sí, pero en este caso...

—¡Suficiente! No puedo demorarme más, tengo que repartir los regalos. Asegúrate de mantener todo en orden hasta mi regreso.

—Sí, señor. Lo que usted diga, señor.

El elfo soltó un suspiro de resignación mientras veía alejarse el trineo. Sus compañeros fueron a buscar las palas y escobas; en cambio, Blat se dirigió a una sección apartada del taller y observó con el ceño fruncido lo que allí sucedía.

Svel, uno de los elfos más antiguos, estaba sentado frente a su mesa con un martillo en la mano... y la mirada en blanco. Al principio uno podía pensar que simplemente se había dormido con los ojos abiertos, pero cada tanto murmuraba frases sin sentido y apretaba el mango de su martillo. También respondía cuando alguien le hablaba, aunque había que insistir un buen rato para llamar su atención.

—Svel, colega, ¿por qué no vas con los otros a tomar algo? —le sugirió Blat desde una distancia prudencial y con tono suave.

El elfo del martillo no contestó.

—Vamos a hornear unas pizzas —insistió Blat—. Y tenemos cervezas escondidas en el depósito.

Una vez más, no hubo respuesta.

No, aquello no pintaba nada bien, pensó Blat, dijera lo que dijese Papá Noel.

—Bueno... ah... te traeré una tajada de pizza caliente en un rato, ¿de acuerdo? Te hará bien comer algo.

Svel masculló algo sobre los palitos de caramelo, poniendo cara de asco.

—Te entiendo, colega, todos estamos hartos de los dichosos palitos de caramelo. No te preocupes. Te traeré esa pizza y una cerveza bien fresquita, ¿de acuerdo? O mejor un té. Y... eh... ¿qué tal si guardas ese martillo? Oficialmente ya estamos de vacaciones, ¿sabes? No tendremos que tocar esas malditas herramientas por un par de meses.

Svel asintió muy despacio... pero no soltó el martillo. Frunciendo el entrecejo, Blat lo dejó solo. Se dijo a sí mismo que le estaba dando algo de espacio a su compañero para recuperarse del estrés a su propia y extraña manera... pero la verdad era que empezaba a tenerle miedo.

*****

Los elfos del Polo Norte ya no celebraban la Navidad. Había dejado de tener gracia más o menos desde la Revolución Industrial, cuando comenzó la fabricación en masa de juguetes y se disparó el consumismo. Esa noche, por lo tanto, se sentaron frente a la tele a ver una serie policial mientras consumían las pizzas recién sacadas del horno. Unos pocos se fueron a dormir. Otros terminaron de quitar las decoraciones navideñas que Papá Noel insistía en poner cada año "para dar ambiente", desoyendo las quejas del personal. Parecía, en suma, que iba a ser una Navidad tranquila... pero Blat desconfiaba.

Uno de los elfos nuevos se había puesto a trapear los pasillos. Iba tarareando un villancico, lo cual hizo que Blat rechinara los dientes y le dedicara una mirada asesina.

—¿Qué pasa? ¿No lo estoy haciendo bien? —le preguntó el elfo.

—Oh, tu técnica con el trapeador es buena, pero... ¡por el amor del cielo, tararea otra cosa! Digamos que, después de unos cientos de años, algunos de nosotros ya estamos hartos de los villancicos.

—¡Pero si es todo lo que suena en la rocola!

—Eso fue idea de Papá Noel. Y él reemplaza el maldito trasto cada vez que lo saboteamos en secreto. ¡Esto último no se lo digas!

—Oh. No hay problema, no lo diré. Y... seguiré trapeando en silencio. ¿Está bien así?

—Sí, mucho mejor, gracias. Me caes bien, Pilo. Pronto te harás un hueco en nuestra pequeña familia. Ven a comer una pizza cuando acabes.

—Claro.

Pilo sonrió y continuó trapeando. Dejó relucientes los pasillos principales, se metió por los secundarios, y en algún momento, incapaz de evitarlo, volvió a tararear villancicos.

Estaba tan concentrado en la tarea que no vio acercarse a cierta figura, ni llegó a darse la vuelta para que el martillo se le clavara en la frente en lugar de la parte posterior del cráneo. Pilo se derrumbó de cara al suelo, y poco a poco se formó un charco de sangre alrededor de su cabeza.

—Navidad, Navidad, puta Navidad —canturreó entre dientes la figura del martillo antes de marcharse por donde había llegado.

Blat apareció en la escena unos minutos después.

—Oye, Pilo, aquí tienes una cervez... oooooh, mierda.

El elfo contempló el cadáver de su compañero sin darse cuenta de que estaba derramando la bebida. Al charco de sangre se sumó uno de cerveza, creando una mezcla todavía más desagradable.

Genial, pensó Blat. Justo lo que había temido. Pobre y tonto Pilo, con lo buenazo que era. ¿Y qué se suponía que debía hacer él ahora? Papá Noel no iba a interrumpir su tarea para encargarse del maldito problema...

Blat soltó la jarrita, corrió hasta el salón donde estaba la TV y dijo a sus compañeros:

—Muchachos... eh... creo que tenemos un lío muy gordo entre manos. ¿Alguno de vosotros sabe de artes marciales?

*****

El taller del Polo Norte era grande e intrincado como un laberinto. Los elfos se dividieron en grupos para buscar al culpable del asesinato, todos ellos armados con herramientas, cuerdas o incluso botes de pintura en aerosol. Blat estaba seguro de que había sido Svel, y no sólo por sus recientes ataques de catatonía, sino también por las crisis de ansiedad que venía arrastrando durante los últimos cinco años. Una vez lo habían encontrado en los establos, masticando la alfalfa de los renos. Repetía que ya no soportaba la comida navideña, lo cual era entendible porque nueve de cada diez veces era eso lo que la mujer de Papá Noel cocinaba. De verdad, ¿no podían variar el menú más seguido? Incluso Blat se moría a veces por unos tacos o una paella.

Había huellas rojas en el piso. Se alejaban de otro cadáver.

—Creo que es Oluf —dijo uno de los compañeros de Blat, examinando el cuerpo—. Parte de él, al menos. Santas galletas de jengibre...

—Sigamos las huellas —propuso Blat, pero al final no hizo falta, porque de pronto se escucharon unos gritos horribles en la sección principal del taller. Los distintos grupos de elfos corrieron hacia allá. Mientras tanto, se oyeron más gritos, unos golpes, varios crujidos, y entonces los gritos cesaron y poco a poco se elevó una voz que chillaba:

—¡FalaLÁ laLÁ! ¡Falalá LALÁ! ¡¡FALALÁ LALÁ!!

Llegaron al lugar de donde provenía el escándalo. Alguien encendió las luces, revelando un espectáculo que helaba los huesos: allí estaba Svel, efectivamente, cantando en esa forma desquiciada mientras aporreaba con una silla a un tercer cadáver. Por varios minutos nadie supo qué carajo hacer. Aquello era todavía más raro que lo del año pasado, cuando Papá Noel había aparecido cargando su brazo cercenado bajo el brazo sano.

—Oye, oye, cálmate —le dijo Blat al elfo enloquecido, aproximándose a él muy despacio y haciendo un gesto apaciguador con ambas manos.

—¡Villancicos! ¡Villancicos! ¡AAARRRGGGHHH!

—Sí, te entiendo, ya no hay quien los aguante, pero...

La silla se partió a la mitad, esparciendo algunas astillas cubiertas de sangre y trocitos de carne con pelo. Svel, insatisfecho con la masacre, cogió otra silla y fue a estrellarla contra la rocola. La segunda silla también se partió, pero no antes de hacer trizas el aparato, silenciándolo para siempre. Blat no lo admitiría más tarde, pero él mismo había soñado con hacer aquello, pues detestaba la puta rocola con su puta colección de música navideña.

—¡Svel, Svel, ya basta! ¡Todos aquí estamos contigo, te lo juro! ¡Cierra los ojos y RESPIRA!

Svel tomó aire... para vociferar:

—¡¡¡ODIO LA MALDITA NAVIDAAAAD!!! ¡¡¡ODIO A PAPÁ NOEEEEL!!! ¡¡¡ODIO FABRICAR JUGUETES DIEZ MESES AL AÑO!!! ¡¡¡ODIO EL MALDITO BUDÍN DE...!!!

No llegó a terminar la última frase. Haciendo un alarde de puntería, uno de los elfos más corpulentos del taller le arrojó un taladro, dándole justo en la sien. Svel no perdió la conciencia. Cayó al suelo, pero se levantó segundos después y se lanzó sobre el dueño de la herramienta, apretándole el cuello con ambas manos. Varios elfos trataron de separarlo. La lucha duró un buen rato, en el que hubo mordiscos, tirones de pelo, puntapiés, chillidos, insultos, puñetazos, escupitajos y un par de intentos de estrujarle las pelotas al contrincante. Cuando la pelea al fin terminó, Svel yacía en el suelo con los ojos en blanco, muerto.

—Oh, diablos, ¿quién de nosotros lo hizo? —preguntó uno de los elfos sobrevivientes. Le sangraba la frente y había perdido un incisivo.

—Creo que murió solo —suspiró Blat—. Murió de locura navideña. Vamos, chicos, será mejor que lo enterremos afuera, en la nieve. Y a los otros. Traed las palas.

Francamente, yo también odio la maldita Navidad, pensó Blat, pero esto ya no lo dijo en voz alta.

*****

Cuando Papá Noel regresó al taller en la madrugada del 25 de diciembre, los elfos aún estaban limpiando la sangre y arreglando el desorden. El hombre debía haber visto, además, las cuatro tumbas en el exterior, pensó Blat, dado que tenía una expresión conmocionada y su nariz típicamente rosa se había vuelto blanca.

—¿Qué... rayos... pasó aquí? —consiguió preguntar el recién llegado. Blat fue hacia él estrujando su sombrero en un puño.

—Bueno, señor, es por ese problema que usted decidió ignorar olímpicamente por centésima vez antes de partir. Digamos que explotó en su ausencia, y no fue nada bonito. Y ahora le toca a usted consolar a las tres pobres viudas, porque yo no lo voy a hacer. Habrían sido cuatro, pero resulta que la señora de Svel también se había dado cuenta de que él estaba perdiendo la chaveta, y hace tiempo que vivían separados. ¿Ve, señor? Yo se lo dije. ¡Se lo dije, se lo dije, se lo dije! Y también le dije que mirara la documentación que dejé en su escritorio sobre el estrés laboral, pero noooooo, usted insistió en que la Navidad aquí en el Polo no es estresante, que los elfos estamos hechos para disfrutar todo el año de los villancicos, los juguetes y la comida navideña como si no hubiera otras puñeteras cosas en la vida. Pues ¿sabe qué? ¡No es así! Si usted está cansado de este trabajo, ¡nosotros estamos todavía más cansados, demonios! Esto ha sido sólo el principio, señor, a menos que haga algo inmediatamente. Hemos estado hablando entre nosotros, y apenas terminen nuestras vacaciones, las cosas tendrán que cambiar mucho por aquí. Queremos escuchar nuestra propia música. Y turnarnos para cocinar nuestra propia comida. Ah, y más vale que añada la atención psiquiátrica en la parte del seguro médico de nuestros respectivos contratos, porque algunos compañeros por aquí no están muy lejos de acabar como el pobre y desquiciado Svel. He leído sobre el tema, y resulta que hay unas drogas bastante efectivas.

—Eh... —dijo Papá Noel.

—Bien, me alegra que al fin hayamos aclarado este horrible asunto. Con un poco de suerte, no volverá a ocurrir ningún otro incident...

En alguna otra parte se escucharon gritos. Las palabras no se entendían demasiado, pero Blat creyó distinguir "renos", "coces" y "los odio".

—Oh, mierda, ese ha de ser Tafi —dijo Blat—. ¡Chicos, tenemos otro! ¡Pero a ver si lo atrapamos con vida esta vez!, ¿eh? —El elfo miró a Papá Noel—. Atención psiquiátrica, no lo olvide. Alguien que recete antipsicóticos y antidepresivos.

Blat arrancó la palanca de una prensa y envolvió la punta con su chaleco. Luego hizo la prueba golpeando una de sus manos. Sí, serviría para noquear sin romper un cráneo. Cuatro muertos y cuatro viudas en una sola noche eran más que suficientes, pensó.

Y corrió hacia los establos dejando atrás a su regordete y anonadado jefe.

Gissel Escudero

31 de octubre de 2014

El oso de circo

El terreno era amplio y estaba vacío, salvo por unos pocos tocones cubiertos de setas. Causaba tristeza, pensó Andréi, aunque ya no se notaría cuando la gran carpa blanca y roja se elevara al cielo y la música llenara el aire. Olería a comida, también, y los niños, felices y pendientes del espectáculo, no notarían la desolación. Sus padres más bien estarían pensando en...

—¡Eh, pequeñajo estúpido! —dijo un vozarrón detrás de él—. No te quedes ahí, ve a hacer tu trabajo. ¿O he de patearte el trasero para que te pongas en marcha?

—Sí, señor. Digo, no, señor. —El hombre le dio un tortazo en la nuca—. ¡Ay! Perdón, perdón, ya voy...

Andréi empezó a descargar los camiones junto con sus compañeros: hombres, mujeres y algunos adolescentes mayores que él. No tardaron en dolerle los brazos y la espalda, pero pobre de él si llegaba a detenerse. Cuanto más se enfadaba Maksimilian, el director del circo, más brutales se volvían sus palizas. En fin, por lo menos le darían de comer una vez que acabara sus tareas.

Por lo que había oído Andréi, era la primera vez que montaban la carpa en ese lugar, a pesar de que el circo llevaba un par de décadas recorriendo el país. A él lo habían encontrado en una aldea hacía tres años, arrastrándose por las calles en la primavera tras haber perdido a sus padres a causa de un invierno especialmente duro. El chico no quiso buscar otra familia ni ponerse a merced de un orfanato, y aceptar unirse al circo le pareció una alternativa mejor que morirse de hambre o robar para no morirse de hambre. Y hablando de hambre... ya llevaba como cinco horas cargando objetos de un lado a otro, cumpliendo varias órdenes al mismo tiempo; el estómago había empezado a gruñirle con fuerza, y aún quedaba mucho por hacer. Quizás debiera escabullirse y masticar un pedazo de pan detrás de algún camión, aunque primero tendría que obtenerlo, porque no le había sobrado nada de la cena anterior.

—¡Muchacho, agarra esa cuerda, deprisa!

Andréi corrió sin pensarlo, y atrapó la cuerda en cuestión justo a tiempo para evitar que uno de los soportes de la carpa se desplomara, lo cual habría ocasionado un desastre. La quemazón en sus manos desnudas fue inmediata, pero el chico resistió lo mejor que pudo, tironeando con todas sus fuerzas. Justo entonces pasó lo que había temido: empezó a sentir una oleada de mareo por la falta de alimento. Cerró los ojos, clavó los pies en el suelo y esperó a que se le pasara, porque los desmayos no estaban permitidos ahí. Contó hasta diez. La tensión disminuyó apenas vino alguien más a sostener el pesado mástil, y cuando Andréi soltó la cuerda y abrió los ojos... todo había desaparecido. O mejor dicho: en lugar de carpa, camiones y personas había árboles y más árboles, un bosque antiguo hasta donde alcanzaba la vista. El chico se restregó los párpados, pero nada cambió. El bosque seguía ahí, oscuro y profundo, y aunque se veía un tanto borroso, de él salían trinos de pájaros y olores de tierra y hojarasca.

Una niña lo observaba, asomando entre dos troncos. Tenía el rostro manchado de tierra, el cabello marrón revuelto y lleno de ramitas, y unos ojos verdes que parecían relumbrar como luciérnagas. Su expresión, sin embargo, era más propia de una anciana, como si la niña hubiera nacido al mismo tiempo que el bosque. Andréi tembló de pies a cabeza. Supuso que estaba alucinando a causa del hambre, pero aquellos ojos verdes lo habían llenado de pavor desde el primer instante, como si él fuera un ratón y la niña una serpiente. El chico retrocedió, tropezó con una piedra, y unas manos grandes detuvieron su caída aferrándolo por los hombros.

—Cuidado, niño —le dijo el trapecista—. Y vuelve al trabajo o Maksimilian te dará una tunda.

—S-sí, gracias.

El trapecista siguió de largo. La carpa y demás elementos habían vuelto a su sitio, y de los árboles no quedaban más que tocones polvorientos. Definitivamente necesitaba comer algo, pensó Andréi. O como mínimo tomar un poco de agua. Aprovechó que nadie lo estaba mirando para saciar su sed en el abrevadero de los caballos, y de paso se refrescó la cara y los brazos.

Comenzaba a pensar que su confusión mental se había disipado cuando oyó decir a alguien:

—No me gusta este lugar. Me da mala espina, ¿a ti no?

—No sé. No tiene nada de raro. Pero es un poco silencioso, creo.

—Pues yo siento como si alguien nos estuviera vigilando. Espero que no haya ladrones por ahí escondidos.

—Como están las cosas, nosotros tendríamos que asaltar a los ladrones. Probablemente anden con más dinero encima.

—¡Ja! Buen punto.

Los dos hombres volvieron a lo suyo, y lo mismo hizo Andréi. De este modo llegó la tarde, y con ella el aroma de la comida recién preparada. Era hora de entrar a la carpa. El chico se aproximó a la entrada, pero justo antes de atravesarla, el paisaje volvió a llenarse de troncos y follaje, y la niña le dirigió una vez más su inquietante mirada fosforescente.

—No hay nada ahí —murmuró Andréi—. Estoy imaginando cosas.

El interior de la carpa estaba en penumbra, pero las personas iban de un lado a otro y charlaban entre sí normalmente. Andréi casi que corrió hacia ellas, asustado y aliviado al mismo tiempo, esperando que una cena abundante disipara por fin tan inquietantes visiones.

Las visiones desaparecieron... pero el olor a bosque no dejó de perseguirlo hasta el final del día.

*****

El oso se llamaba Kir, y aunque era muy viejo, eso no bastaba para explicar su pelaje ralo y sus patas deformadas. Por si fuera poco, le habían rebanado los colmillos muchos años atrás, dejándole así un aspecto débil y patético. Andréi sentía lástima por él. El oso estaba acostumbrado a las rutinas del circo, pero la mayor parte del tiempo parecía un prisionero al final de una condena interminable.

Esa noche tocaba la séptima función. Kir había hecho un buen trabajo durante las seis anteriores, pero ahora yacía desplomado en su jaula con los párpados a medio cerrar y resoplando como un perro tuberculoso. Andréi le puso comida y agua; el oso ni siquiera ladeó la cabeza para mirarlo.

—Apártate, chico, tengo que llevármelo.

Ése era Vikentiy, el entrenador de Kir. Pasaba de los cincuenta años, pero tenía buenos músculos y un rostro duro e inclemente. Abrió la jaula, hizo levantar al oso dándole unos golpes con su vara, y una vez que el animal estuvo fuera le puso el sombrero y la gorguera. Para los niños ofrecería una imagen simpática; Andréi, en cambio, pensaba que el oso se veía peor de esa manera, tal vez porque sus padres le habían enseñado que no estaba bien burlarse de los ancianos.

—Creo que no se siente bien —se atrevió a decir el muchacho.

—¿Y tú qué sabes, pequeño idiota? He criado a este oso desde que era un cachorro.

—Sí, pero...

—Cierra el pico y limítate a hacer tu trabajo, o quizás decida obligarte a ti a bailar frente al público. Y por supuesto, al final del día tendrías que dormir en esa jaula. ¿Es lo que quieres, eh?

—No, pero...

—Además, el día que este oso no pueda trabajar tendré que pegarle un tiro, y seguro que tampoco quieres eso, ¿verdad?

—Yo sólo decía que Kir no se siente...

Vikentiy le dio un golpe en el muslo con su vara. No aplicó toda la fuerza de su brazo, pero aun así dolió bastante. Andréi guardó para sí el resto de sus objeciones. Decidió, no obstante, observar la función de cerca, escondiéndose detrás de un telón. El oso siguió a su entrenador al escenario, tambaleándose y cojeando.

—¡Un aplauso para el gran Vikentiy y su fantástico oso bailarín! —terminó de anunciar Maksimilian, empapado de sudor por debajo del maquillaje y su traje con lentejuelas. La orquesta empezó a tocar una melodía alegre. Maksimilian se retiró, Vikentiy tomó su lugar, y el oso, quien debía haber escuchado esa tonada cientos o miles de veces, se paró en sus patas traseras y dio vueltas sobre sí mismo siguiendo las instrucciones que le marcaba el entrenador.

Era evidente que al oso le costaba mantener el ritmo. Cada tanto bajaba los brazos y la cabeza, agotado, pero Vikentiy lo obligaba a continuar a fuerza de toques con su maldita vara. Mientras tanto, los niños aplaudían, entusiasmados.

El asistente del entrenador fue a llevarle la pelota. Se suponía que Kir debía balancearla en su cabezota y luego pararse en equilibrio sobre ella, pero hacia la mitad del acto el oso soltó un gruñido y cayó despatarrado sobre el aserrín, con los ojos en blanco y babeando por un costado del hocico. Los espectadores dejaron oír una exclamación de desconcierto.

Andréi vio a la niña del bosque entre el público, de pie en un pasillo. Podría haber pasado por una integrante del circo, por su aspecto extraño y su vestido de hojas, pero a los pocos segundos resultaba evidente que no pertenecía ahí. Esta vez el chico no se molestó en restregarse los párpados; de pronto estaba seguro de que la niña era real y que algo sobrenatural estaba pasando ahí, a pesar de que nadie más pareciera haberse dado cuenta. Pensó en esconderse antes de que ella lo viera, pero se distrajo por los gritos de Vikentiy y las nuevas exclamaciones de los espectadores. El oso seguía tirado en el suelo, y su entrenador, furioso, le ordenaba levantarse al tiempo que le pegaba con su vara. De lejos quizás no se notara, pero los golpes eran fuertes y le estaban sacando sangre al animal allí donde su pelaje no era lo bastante espeso.

El chico corrió al escenario y se interpuso entre Kir y Vikentiy. Detuvo la vara con ambos brazos, reprimiendo un grito de dolor a la vez que Maksimilian también se apresuraba a calmar al público.

—¡Damas y caballeros, niños y niñas! ¡Parece que nuestra estrella peluda se siente algo indispuesta! ¡Dejemos que se retire y descanse, y hagamos entrar a los mejores payasos de toda Rusiaaaa!

La orquesta, que había detenido la música durante la paliza a Kir, retomó su trabajo como si nada, y los payasos se colocaron en primer plano a fin de captar nuevamente la atención del escandalizado público. No tardaron en conseguirlo. Mientras tanto, Andréi acarició al oso en la frente y tiró de su gorguera con la mayor suavidad posible. Kir gruñó por lo bajo al principio, quizás pidiendo a su modo que lo dejaran en paz ahí donde estaba, pero acabó por levantarse y siguió al chico fuera de la carpa. Vikentiy, aún enfadado, se despidió de los espectadores con una reverencia. No le dedicaron ni un solo aplauso.

Ya en el exterior, Andréi recibió un puntapié en el trasero que lo hizo caer de frente, raspándose las manos y las rodillas. Luego Vikentiy lo agarró por el cuello de la camisa y le gritó a la cara:

—¿En qué estabas pensando, mequetrefe? ¡Atreverte a interferir en mi acto! ¡Debería arrancarte la cabeza ahora mismo!

—Lo siento. F-fue sin querer.

—Debería mataros a ambos, a ti y a ese estúpido oso.

—Yo lo cuidaré. Haré que se mejore. Estará bien para el próximo acto.

Vikentiy dudó. Luego soltó a Andréi y escupió en el suelo.

—Pues más te vale. Repito: si el oso no sirve, le pegaré un tiro. Ahora quita de mi vista a ese condenado animal.

—Enseguida. Gracias.

Lo de dar las gracias había sido pura diplomacia, porque en ese momento Andréi tenía ganas de devolverle a Vikentiy su puntapié, pero directo a los testículos. No podía hacerlo, claro, de modo que le quitó al oso el sombrero y la gorguera y condujo al animal a su jaula empujándolo apenas por el hombro. Kir era una criatura paciente, pensó el chico. O tal vez se hubiera quebrado después de tantos años. El oso entró a la jaula y volvió a desplomarse, cerrando los ojos casi de inmediato. No parecía que quedara mucha vida en su enorme cuerpo enflaquecido. Andréi le acercó su cuenco de agua.

—Tienes que beber, Kir. Anda, bebe un poco. Te hará sentir mejor.

El oso olfateó el agua, metió en ella el hocico unos segundos y apartó de nuevo la cabeza. Andréi cerró la jaula y se sentó junto a la misma. No le preocupaba que Kir lo mordiera, así que metió un brazo entre los barrotes y apoyó su mano en el lomo del animal, esperando transmitirle un poco de ánimo. Lo más probable, sin embargo, era que el oso no aguantara hasta la próxima gira.

—Lo siento. Si no despiertas mañana, prometo que te enterraré yo mismo ahí donde vi el bosque.

Kir profirió un gemido antes de dar media vuelta y echarse a dormir.

*****

Había algo en el aire esa noche. El acto con los caballos había sido un desastre porque los animales no paraban de encabritarse, pero incluso los malabaristas habían tenido problemas a causa de unos nervios sin explicación alguna. El viento agitaba la carpa y unas cuantas aves nocturnas se habían colado en su interior, molestando a los espectadores. Nada de eso era suficiente como para interrumpir la función, pero sí para que hubiera muchas caras de enfado entre el público y los miembros del circo. Maksimilian sudaba más que de costumbre, y su voz subía de tono con cada número que presentaba. Si seguía así, muy pronto estaría chillando. Andréi se esforzó por mantenerse lejos de él.

Kir, por otro lado, parecía haber recuperado las fuerzas, pero no se veía ni de lejos en condiciones de bailar. Más bien le hacían falta unas vacaciones permanentes, masculló el chico, poniéndole el sombrero y la gorguera bajo la mirada implacable de Vikentiy.

—¿Qué has dicho? —preguntó el entrenador.

—Nada —contestó Andréi.

—Te vi mover los labios.

—De acuerdo, dije que Kir podría descansar un día más. Creo que aún tiene mal las patas traseras.

—Qué imbécil eres —gruñó Vikentiy, y empujó al oso para que andara. El animal lo hizo: de mala gana, con un paso rígido, respirando como si el aire mismo le causara dolor. Aquello no iba a salir nada bien, pensó Andréi, quien se escondió detrás de unos cortinajes a pocos metros del escenario. Vikentiy esgrimía su vara como una espada, y ya se le notaban las ganas de usarla para golpear a cualquier criatura que lo hiciera enojar.

Maksimilian anunció al "fabuloso oso bailarín y su igualmente fabuloso entrenador", afirmación que hizo rodar los ojos al chico. La orquesta empezó a tocar como de costumbre, pero cada tanto se escuchaba una nota equivocada o fuera de lugar, acentuando la atmósfera inquietante que ya se había instalado dentro de la carpa.

Andréi volvió a ver a la niña. Fue más fácil que la vez anterior, porque estaba casi en la primera fila. Sus ojos parecían irradiar chispas de furia, y alrededor de ella, desde la tierra seca y el aserrín, brotaban unas ramitas con aspecto de zarzas espinosas.

Kir estaba tratando, sin éxito, de pararse sobre la pelota. Vikentiy le pegó en las ancas, empeorando todavía más el precario equilibrio del animal. La niña del bosque apretó los puños. El oso resbaló de la pelota y se rehusó a intentarlo de nuevo, lo cual le ganó otro golpe de vara. Una ráfaga de viento agitó la carpa... y llevó al interior el sonido del follaje. Andréi estuvo seguro de que, si asomaba la cabeza, encontraría un bosque antiguo cerrándose sobre el circo igual que el lazo de un ahorcado.

Tras un segundo golpe de vara, Kir sacó coraje de alguna parte y le gruñó a Vikentiy, mostrando sus gastados dientes. Antes de que el entrenador pudiera pegarle por tercera vez, el oso se alzó sobre sus patas traseras y se le echó encima, mordiendo y arañando con la mayor fuerza que le permitía su viejo cuerpo. Los espectadores gritaron, muchos abandonaron sus asientos y corrieron a la salida, tropezando unos con otros. Maksimilian desapareció un momento, y cuando regresó al escenario llevaba su rifle en las manos, preparándose para disparar. La niña continuaba en su sitio. De pronto había una media sonrisa en sus labios, y alzó los brazos con las palmas hacia arriba como si fuera algún tipo de señal.

Y era una señal. El aire se llenó de unos rugidos espantosos, más fuertes aún que los chillidos de Vikentiy y los gruñidos de Kir, y unas garras largas y afiladas destrozaron la carpa en toda su circunferencia. Andréi, escondido aún tras los cortinajes, aferrándose a ellos para no temblar de miedo, vio aparecer decenas de cabezas marrones, todas con dientes poderosos y ojos negros de expresión amenazante. Una manada imposible de osos. A diferencia de la niña, estos animales eran visibles para todo el mundo, porque las personas gritaron al enfrentarse a ellos y trataron de esquivarlos en su atropellada huida. Los disparos de Maksimilian acrecentaron el pánico. Andréi sabía que el hombre tenía buena puntería; sin embargo, ni un solo oso cayó muerto o herido.

Kir no había terminado con Vikentiy, pero se apartó de él y se sentó a unos pasos de distancia, cansado. Mientras tanto, los demás osos estaban acorralando a Maksimilian, quien ahora pretendía usar su rifle descargado a modo de garrote. No pudo dar más que tres golpes. Los osos saltaron sobre él, Maksimilian estalló en alaridos, y un minuto después el hombre volvió a estar en silencio. Vikentiy gemía. La niña dio unos pasos hacia él, todavía sonriendo a medias; primero dio a Kir unas palmaditas en la cabeza, luego contempló al hombre con una mirada carente de piedad. Hizo un gesto al oso salvaje más cercano, quien se aproximó con el hocico empapado por la sangre de Maksimilian.

Andréi salió de su refugio. Todas las demás personas habían escapado, incluso los miembros del circo. Los osos les habían permitido marcharse, y por ello el chico dejó de sentir miedo.

—Déjalo —pidió a la niña, señalando al destrozado Vikentiy—. Ya no hará más daño, ¿ves? Se está desangrando. Vuelve a tu bosque. Ya has dejado bien claro tu mensaje, ahora vete. Llévate a Kir.

La niña parpadeó. ¿Cuántos años tendría, cien? ¿Mil? Sin decir palabra, le quitó a Kir el sombrero y la gorguera y los lanzó bien lejos, con desprecio. El oso olfateó su vestido de hojas. Kir no dudó en seguirla cuando la niña se dirigió a la entrada de la carpa.

Vikentiy había dejado de respirar. Andréi se preguntó qué debía hacer. Pronto vendría alguien a buscarlo, supuso, tal vez ese trapecista que solía ser amable con él. O quizás algún espectador hubiese llamado a la policía, en cuyo caso simplemente lo hallarían en medio de la masacre. Podría aprovechar para comer algo, o...

La niña se había detenido justo en la entrada. Tal como había imaginado Andréi, más allá se veía el bosque, denso, ventoso y ancestral. Un bosque mágico, seguramente peligroso y lleno de misterios. En cierto modo, también atrayente.

Andréi vio la pequeña mano extendida hacia él. Kir también lo estaba mirando, y ya no había angustia en su rostro animal sino una paz largamente anhelada. El chico lo pensó un momento... y luego fue a poner su propia mano en la de ella, que era cálida y suave a pesar de las manchas de tierra. Los demás osos salieron por donde habían entrado.

Andréi siguió a la niña sin soltar su mano.

A la mañana siguiente sólo quedaba una carpa rota, camiones vacíos, dos cadáveres y un terreno plano lleno de tocones... y huellas de osos. Estas últimas confirmaban el alocado testimonio de los sobrevivientes, pero aun así resultaba difícil creer semejante historia. Tenía que haber sido algún tipo de montaje, decidieron los policías, un montaje sádico potenciado por la histeria colectiva. Al menos así quedó registrado en los expedientes.

Nadie volvió a ver al muchacho ni al oso del circo.

Gissel Escudero